Colombia arranca con un gobierno que puso al campo de nuevo en el centro de la conversación económica. Se habla de sustituir economías ilícitas por producción legal, de que «la coca le dará paso al coco», de incorporar millones de hectáreas nuevas a la producción. Es una conversación necesaria y la celebro. Pero llevo años trabajando tierra en el Caribe colombiano, y la pregunta que de verdad me quita el sueño no es cuánta tierra vamos a sembrar. Es cómo vamos a producir en ella.
Porque tener tierra disponible no es lo mismo que tener un sistema productivo. Una hectárea, por sí sola, no produce nada. Necesita agua, necesita genética de verdad (no cualquier semilla), necesita conocimiento técnico, necesita crédito que entienda los tiempos del campo, necesita infraestructura, necesita logística, y necesita un mercado dispuesto a comprar lo que ahí se produce. Cuando todos esos factores se conectan en un mismo territorio, deja de ser un cultivo aislado y se convierte en algo mucho más poderoso: un corredor agroindustrial.

Por qué el Caribe, y por qué el coco
El Caribe colombiano no necesita que lo descubran como región productora de materia prima eso ya lo es, y con cifras que pesan: en 2024 representó el 15,1% del PIB nacional, y sus ocho departamentos aportaron el 12,6% del valor agregado agropecuario del país. Lo que necesita es dejar de ser solo el punto de partida de la cadena y convertirse en la plataforma completa: producción, transformación, empaque, y salida al mercado nacional e internacional desde nuestros propios puertos.
Córdoba tiene una vocación clara en esto: coco, ganadería, maíz, yuca, frutas tropicales. No es casualidad que hayamos construido Sabana Agro exactamente aquí, en Cereté, apostando por el coco como el cultivo que puede ordenar ese corredor. No lo digo desde la teoría: en las últimas semanas recibimos el registro del ICA como productor y comercializador de material vegetal de propagación de coco, con tres genéticas certificadas y trazabilidad desde el vivero. Eso, en la práctica, es exactamente lo que un corredor agroindustrial necesita para funcionar: genética verificada, seguimiento real, y la confianza institucional de que lo que sale de nuestra tierra cumple.
La genética y el crédito, los dos puntos que más me importan
De todo lo que se ha discutido en la política agrícola de este nuevo gobierno, hay dos cosas que para mí son innegociables si de verdad queremos pasar de potencia agrícola a potencia agroindustrial.
La primera es la genética. No se construye un corredor productivo con cualquier semilla. En Sabana Agro trabajamos con materiales desarrollados por COHIBRA, seleccionados por su resiliencia climática y su productividad real en trópico, porque la productividad de una plantación se decide antes de sembrarla, no después.
La segunda es el crédito de largo plazo. El coco, como todo cultivo permanente, no da resultados en un ciclo comercial corto. Necesita capital paciente: financiamiento pensado para 15 o 20 años, no para la lógica de un préstamo comercial cualquiera. Sin esa pieza, ningún corredor agroindustrial se sostiene, sin importar cuánta tierra se incorpore.
Lo que sigue
Colombia no tiene que elegir entre la Altillanura y el Caribe, ni entre la gran inversión y el pequeño productor. Tiene que conectarlos. Y esa es, en el fondo, la apuesta de Sabana Agro: no vender solo semillas de coco, sino construir el ecosistema completo alrededor de ellas genética, producción, agroindustria y mercado para que el Caribe colombiano deje de ser promesa y empiece a ser, de una vez, el corredor agroindustrial que ya tiene todo para ser.
Luis Pico, director de Sabana Agro.



